Tour de Francia: épica y leyenda en diez gestas memorables
Ilustración de ciclista celebrando victoria

Tour de Francia: épica y leyenda en diez gestas memorables

La historia del Tour de Francia viene dejando todo un muestrario de gestas de ciclistas que no hacen sino engrandecer la carrera y emparentarla directamente con la leyenda, en clara complicidad con los suntuosos escenarios que deparan sus recorridos.

Los ingredientes son claros: uno o varios puertos, una ciudad, un corredor que acepta el desafío de apostarlo todo por un objetivo…

Así se han ido escribiendo las páginas más brillantes del Tour de Francia, con la valentía y la determinación de un buen número de campeones. Veamos algunos de los episodios más memorables:

Tour de 1948: la remontada de Bartali en Los Alpes

Gino Bartali
Gino Bartali asestó un golpe tan letal en las etapas alpinas del Tour de 1948 que acabó ganando la ronda gala con más de 25 minutos sobre el segundo clasificado.

Aquel 14 de julio de 1948, Gino Bartali durmió en Cannes a 21 minutos del líder del Tour de Francia, el joven Louison Bobet, que había vuelto a meterle tiempo el día anterior. Por delante quedaban tres etapas alpinas, sí; pero el viejo campeón, a punto de cumplir 34 años, parecía eliminado de la lucha.

Entonces algo cambió con una llamada al hotel, nada menos que del primer ministro italiano, Alcide de Gasperi, suplicando a Bartali que ganara por la patria, que el país andaba al borde de una Guerra Civil por el atentado perpetrado contra el líder comunista, Palmiro Togliatti, que la gente necesitaba ver ganar a su héroe: “Usted puede hacer mucho por Italia”, escuchó Bartali.

Ya fuera por la llamada o por su propio orgullo de campeón, Bartali pasa a la acción al día siguiente, 15 de julio. Es su terreno: 274 kilómetros hasta Briançon, con las subidas a los cols de Allos, Vars e Izoard. Y encima hace mal tiempo en los Alpes, como le gusta. Jean Robic corona los dos primeros colosos; Bobet, sufre. La carrera llega rota al Izoard, y allí Bartali da el gran golpe de mano. Se marcha solo y gana en Briançon tras más de diez horas de etapa. Robic no le ha podido seguir, y Bobet pierde más de 19 minutos. El Monje Volador ya está a menos de dos minutos del amarillo.

Al día siguiente, segundo golpe: Bartali sube pletórico el Galibier y la Croix de Fer, y se planta en Aix-les-Bains con casi seis minutos sobre Stan Ockers, segundo. Bobet entra a más de siete y el maillot amarillo pasa a manos del toscano.

Pero Bartali aún no ha acabado la tarea: al día siguiente, 18 de julio, vuelve a ganar en solitario en Lausana, tras otra travesía alpina de ocho horas y media. Es la culminación de la obra maestra: tres victorias seguidas, para pasar de estar a 21 minutos de Bobet, a dejar al francés a más de media hora.

Bartali acaba el Tour con 26 minutos de ventaja sobre el segundo, Stan Ockers, y con siete etapas ganadas. Le ha hecho caso al primer ministro, y ya no parece tan viejo: ha ganado el maillot amarillo en París diez años después de aquella primera vez de antes de la Guerra Mundial, en 1938. Lo ha hecho con la mayor exhibición de siempre en la montaña.

Tour de 1951: Hugo Koblet se exhibe en Agen con un forúnculo

Hugo Koblet
Koblet protagonizó una espectacular escapada de más de 100 kilómetros en solitario para acabar ganando el Tour de 1951 (Dutch National Archives).

El día anterior, Hugo Koblet había pasado un calvario de 216 kilómetros en la décima etapa del Tour de Francia de 1951, la que ganó Bernardo Ruiz en la meta de Brive. Un forúnculo en sus partes más nobles apenas había dejado al suizo sentarse en el sillín. Koblet había llegado a la meta a duras penas, con tiempo perdido y la sombra del abandono sobrevolando.

En el hotel, los médicos le empiezan diciendo que hay que sajar, pero rápidamente se desecha esa opción porque significa decir adiós al Tour. Entonces, alguien propone una solución de emergencia: supositorios de cocaína. No hay controles antidoping y, a grandes males, grandes remedios. No queda otra.

La 11ª etapa, de 177 kilómetros, apenas reviste dificultades en su trayecto hasta Agen. A Koblet le dicen que vaya tranquilo, que la pase como pueda y que después se verá. Pero transcurrida una hora de carrera, el suizo ataca en una tachuela y se va, llevándose a rueda al francés Louis Deprez, al que suelta a los pocos kilómetros. Por detrás, los demás favoritos, los Ockers, Coppi, Robic, Magni, Géminiani y compañía, dejan hacer.

Quedan más de cien kilómetros y Koblet sigue en solitario. Todo parece un farol, y así lo entiende su director, Alex Burtin, que llega a su altura y le pregunta: “¿Qué haces, hasta dónde piensas ir así, a esta velocidad?”. Y Koblet, que va rodando como poseído, con la cabeza metida en el manillar, le contesta: “Hasta la meta”.

La alarma acaba saltando entre los favoritos, que apartan a sus gregarios y se entienden para organizar la persecución. Pero Koblet no ceja y mantiene el pulso por encima de los tres minutos de ventaja. Llegará a Agen ganando la batalla con una ventaja de 2:35 minutos, tras resistir una persecución voraz de más de tres horas.

Días después de la hazaña, camino de Bagnères de Luchon y con el Tourmalet de por medio, Koblet se escapará con Fausto Coppi, ganará la etapa y cogerá el maillot amarillo para no soltarlo hasta París. Aquel 18 de julio, el forúnculo no pasó de ser un mal sueño.

Tour de 1952: Coppi conquista Alpe d’Huez y vuela camino de Sestriere

Fausto Coppi
Coppi ganó la primera etapa que el Tour subió el Alpe D’Huez y al día siguiente coronó en primer lugar la Croix de Fer, el Télégraphe, el Galibier y el Montgenèvre.

Fausto Coppi llega al Tour de Francia de 1952 a por el doblete. Il Campioníssimo viene de ganar otro Giro de Italia, esta vez ante Fiorenzo Magni. Está motivado, porque además necesita resarcirse de su aciago Tour de 1951, con aquella impropia décima posición, a 46 minutos de Hugo Koblet.

Ese 4 de julio Coppi aún no es líder: el amarillo lo lleva su fiel Andrea Carrea, el gregario de lujo que le ha ayudado a ganar el Giro. Es el día en que el Tour de Francia sube por primera vez en la historia a Alpe d’Huez, tras 266 kilómetros de travesía alpina. Nada más empezar el curveo del nuevo coloso, Fausto se escapa con Jean Robic, el menudo escalador francés, de los pocos capaces de meterle en problemas. Los dos abren hueco, hasta que Coppi lanza el ataque decisivo a seis kilómetros y se va sólo a conquistar por vez primera Alpe d’Huez. Será nuevo maillot amarillo por cinco segundos.

La renta es exigua para Coppi, que necesita más. El día siguiente parece ideal para ampliarla: 182 kilómetros desde Bourg d’Oisans hasta Sestrières, nada menos que con la Croix de Fer, el Télégraphe, el Galibier, Montgenèvre y la subida final. Fausto corona todos en cabeza y gana en meta con 9:33 minutos sobre Stan Ockers, 10:09 sobre Gino Bartali, 11:24 sobre Jean Robic… El que más cerca llega es Bernardo Ruiz, a 7:33.

Coppi era un fenómeno, el mejor de la época y tal vez de la historia”, diría años después el alicantino del hombre que ganaría el Tour de aquel 1952 con casi media hora de ventaja. Fue una obra maestra.

Tour de 1958: Charly Gaul

Charly Gaul
El luexemburgués Charly Gaul recortó más de 15 minutos de distancia en la última etapa de montaña del Tour de 1958, que acabó ganando.

El joven Jacques Anquetil llegaba al Tour de Francia de 1958 para revalidar su victoria del año anterior. Con 24 años, aparecía entre los favoritos, pese a que las cosas con la jefatura del equipo de Francia anduviesen revueltas. Sin embargo, la carretera dictó una nueva ley y encumbró a los escaladores de leyenda, a Charly Gaul el que más.

El luxemburgués dio un primer golpe a Anquetil en su terreno, ganándole por siete segundos la primera contrarreloj, bajo la lluvia de Chateaulin, su hábitat natural. El segundo fue todavía más contundente: Gaul se impuso a Bahamontes en la cronoescalada al Mont Ventoux y mandó a Anquetil a más de cuatro minutos, situándose tercero en la General.

Pero las cosas volvieron a torcerse al día siguiente, cuando el líder, Raphael Géminiani, se marcha camino de Gap con Anquetil, Nencini y algunos hombres importantes más. Gaul y Bahamontes acusan su exhibición en la cronoescalada y no responden; pierden diez minutos. El golpe es brutal: el luxemburgués se queda a cuarto de hora del maillot amarillo, y sólo resta una etapa de montaña, la que va de Briançon a Aix-les-Bains, con los puertos de Luitel y Porte, de primera categoría, más Cucheron y Granier.

La gran gesta tiene lugar el 16 de julio, con lluvia, como le gusta a Charly Gaul, que no pierde el tiempo y se va con Bahamontes en las primeras rampas de Luitel. Pero el toledano no va bien y no puede seguir el ritmo del luxemburgués, que vuela camino del alto rebasando los restos de una escapada.

En el descenso, Gaul se lanza a tumba abierta, toma la cabeza y corona primero el col de Porte con más de cuatro minutos de ventaja. Allí se hunde Anquetil, y las diferencias empiezan a ser abismales: por Cucheron la ventaja supera los cinco minutos, en Granier se eleva a seis… El Ángel de la Montaña acaba ganando la etapa con 7:50 minutos sobre Jan Adriaensens, y mete 10:09 a Vito Favero, 14:34 al líder Géminiani, 19:01 a Nencini y a Bobet… Anquetil llega hundido, a más de 23 minutos.

Gaul salta al tercer puesto de la General, a 1:09 minutos del nuevo líder, Vito Favero, y ya a sólo 28 segundos de Géminiani. A los dos les daría el tiro de gracia en la contrarreloj de Dijon, la víspera de llegar a París, donde el luxemburgués tocaría la gloria ganando el Tour de Francia.

Tour de 1964: El último baile de Bahamontes en los Pirineos

Bahamontes
Federico Martín Bahamontes fue elegido en 2013 como el mejor escalador del Tour de Francia de todos los tiempos (Michiel Hendryckx, Creative Commons).

Tras firmar un buen ramillete de gestas y protagonizar un memorable mano a mano con Anquetil, Bahamontes quiere más en el Tour de Francia de 1964, y busca con ahínco subir al podio y ganar por sexta vez el Gran Premio de la Montaña.

El Águila de Toledo ha ganado en solitario en Briançon, y alcanza los Pirineos en disposición de rematar ambos objetivos. Entiende que la ocasión está en la 16ª etapa, de Luchon a Pau, con cinco puertos en los 197 kilómetros de trayecto, y ataca de salida, llevándose a rueda a Julio Jiménez, entonces un joven debutante que ya había mostrado sus credenciales ganando la etapa de Andorra, y que también aspiraba a llevarse la Montaña.

Ambos españoles afianzan la escapada juntos, supuestamente con el pacto de que Bahamontes meta tiempo en meta para asaltar el podio, y que Jiménez pase primero por los puertos, pero el planeamiento cambia cuando El Relojero de Ávila corona los tres primeros cols y se pone líder provisional de la Montaña. Según Bahamontes, Jiménez le dejó de dar relevos y ello le convenció para pasar al ataque en plena ascensión al Aubisque. Es allí donde el abulense desfallece y Bahamontes se va a solo.

El toledano corona el coloso pirenaico con cerca de seis minutos sobre los favoritos, mientras Jiménez pierde cada vez más terreno y le terminan diciendo desde el coche que espere a los demás, que ya no hay más puertos hasta Pau y que no tiene nada que hacer solo en el llano. El abulense contó después que se paró en un bar a esperar y “a comprar una Coca-Cola y algo de comer”.

Ya sin rivales, Bahamontes remata su último recital en el Tour de Francia y gana la etapa con 1:54 minutos de ventaja sobre el grupo de elegidos, además de rematar su sexto reinado de la Montaña y un nuevo podio en París. Acabaría tercero, a menos de cuatro minutos del histórico pulso entre Anquetil y Poulidor.

Tour de 1969: Eddy Merckx entra en cólera y arrasa en Mourenx

Eddy Merckx
Eddy Mercks hizo su debut en el Tour en 1969 y ese mismo año ya escribió la primera página de su leyenda en la ronda gala.

1969 trajo el arrollador debut de Eddy Merckx en el Tour de Francia. El belga se puso líder en el Balón de Alsacia, en la sexta etapa, y a partir de ahí se dedicó a aplastar a todos sus rivales. Cuando llegó a la etapa reina de los Pirineos, con final en Mourenx, ya había sumado cuatro victorias parciales y era líder con más de ocho minutos de ventaja, pero aquel 15 de julio El Caníbal se levantó enfadado: se le juntó, por un lado, que su mujer, Claudine, iba a dar a luz a su hija y no podía contactar con ella; y por otro, se enteró de que su mejor gregario, Martin Van den Bossche, se iba a marchar del Faema.

Rabioso a más no poder, ese día Merckx avisó antes de salir: “Cuando los demás lleguen a meta yo ya me habré duchado”.

Las subidas al Aspin y al Peyresourde no aportaron demasiado, pero al empezar el Tourmalet, a Van den Bossche le dio por atacar y terminó por encender a la Bestia: Merckx reaccionó de inmediato, lo superó como un rayo, y se fue en solitario con 140 kilómetros por delante, portando el maillot amarillo. Ya sólo pudieron verle en la meta de Mourenx, donde metió 7:56 minutos al grupillo perseguidor, incluido Van den Bossche. Tiempo suficiente para la ducha prometida.

Tour de 1971: Luis Ocaña asombra y arrolla en Orcières-Merlette

Luis Ocaña
Luis Ocaña dejó fuera de control a 68 corredores, obligando a la organización del Tour a subir el porcentaje de tiempo para no dejar la carrera mutilada (Dutch National Archives, Creative Commons).

El 8 de julio de 1971 tuvo lugar la que para muchos es la mayor exhibición ciclista de siempre, por cómo se produjo y por quién resultó derrotado, nada menos que Eddy Merckx. Llevó la firma de un español de Priego, muy arraigado en Francia: Luis Ocaña.

Merckx llegó a aquella 11ª etapa del Tour muy cerca del amarillo de Joop Zoetemelk, en buena disposición para buscar su tercera victoria consecutiva, y los organizadores andaban preocupados con una nueva exhibición de superioridad.

Pero algunas cosas no estaban en su sitio: Merckx no había podido tomar la salida en el Giro de Italia, su tradicional rodaje, y ya había sufrido ante Ocaña para ganar la Dauphiné. Encima, el español le había distanciado unos segundos en el Puy de Dôme.

Así que el de Priego entiende que es el día para tumbar al Caníbal, en los 137 kilómetros salpicados por las subidas a la côte de Laffrey y el col de Noyer, antes de la ascensión final. De salida, el Kas revienta la carrera con José Manuel Fuente, y el ataque desmonta al Molteni de Merckx. Ocaña pasa a la acción en Laffrey, donde salta a por un ataque de Agostinho y se lleva a rueda al líder Zoetemelk y a Lucien Van Impe.

Merckx no responde y Ocaña, que tira como un poseso, lleva a los perseguidores hasta Agostinho. Cuando el cuarteto llega al col de Noyer, el líder del Bic aumenta la intensidad del festival: se va solo a falta de setenta kilómetros, y a mitad de puerto toma un minuto de ventaja sobre el terceto del líder. Arriba, ya serán cuatro y… ¡Casi seis en relación a Merckx!

Ocaña sube a Orcières-Merlette pletórico, aumentando todavía más las diferencias. El saldo en meta será alucinante: gana la etapa en menos de cuatro horas y deja fuera de control a 68 corredores, lo que obliga a la organización a subir el porcentaje del límite de tiempo, del 12% al 15%, para que la carrera no quede mutilada.

Las diferencias son igual de asombrosas: 5:52 minutos al segundo, Van Impe, y 8:42 al grupo de Zoetemelk y Merckx, que acaba diciendo aquello de: “Ocaña nos ha matado como El Cordobés mata a los toros”. Fue la mayor derrota del belga, que entonces no sabía que volvería a ganar porque el destino fatal de Ocaña estaba escrito en el col de Menté.

Tour de 1994: Induráin saca el rodillo en Hautacam

Miguel Induráin
Induráin tenía una forma muy característica de dejar a sus rivales atrás en los grandes puertos, pedaleando siempre sentado con un ritmo constante (DenP Images, Creative Commons)

Miguel Induráin tenía encarrilado su cuarto Tour de Francia aquel 13 de julio: había realizado una exhibición extraterrestre en la contrarreloj de Bergerac y ya portaba el maillot amarillo. Pero la carrera apenas había llegado a su ecuador y el navarro necesitaba dar otra vuelta de tuerca en los Pirineos para distanciar aún más a su gran rival, el suizo Toni Rominger.

Aquella 11ª etapa era larga, nada menos que de 263 kilómetros, pero concentraba su dureza sólo en el puerto final de Hautacam, una subida inédita de 16 kilómetros al 7,3%. En las primeras rampas ataca Marco Pantani. Es el italiano que provocó la crisis de Induráin en el Valico de Santa Cristina, nada más pasar el Mortirolo, la que le costó el Giro de Italia de ese año.

El navarro opta por dejar hacer, y más tarde observa el sufrimiento de Rominger y decide pasar a la acción: primero ordena a Jean François Bernard que suba el ritmo, y después, cuando ve que el francés decae y Laudelino Cubino lo aprovecha para atacar, toma el mando en primera persona.

Quedan todavía siete kilómetros para la cima y el navarro ya no mirará para atrás. Impone un ritmo asfixiante que descuelga de inmediato a Rominger. Después caen Alex Zülle, Piotr Ugrumov, De las Cuevas… A cinco de meta sólo le aguantan dos franceses, Richard Virenque y Luc Leblanc, y ya tiene a Pantani en el punto de mira, a menos de medio minuto.

Induráin consumará la caza poco antes de la pancarta del último kilómetro, sin que el italiano pueda engancharse a su ritmo frenético. Sí lo hará Leblanc, que sin dar un relevo, ganará el sprint por la etapa entre la niebla de Hautacam.

Al navarro todo eso le dio igual: mandó a Rominger a más de cinco minutos en la General, aventajó a todos los demás rivales y demostró al mundo que también podía sacar el rodillo en la montaña.

Tour de 1998: Pantani vuela bajo la lluvia del Galibier

Marco Pantani
Marco Pantani ganó el Tour de 1998 derrotando a Ullrich con un espectacular ataque en el Galibier (Hein Ciere, Creative Commons)

Aquel de 1998 fue el Tour de Francia del Escándalo Festina, y el maillot amarillo parecía cosa de Jan Ullrich, el joven alemán que había arrasado el año anterior, a los mandos del potente Telekom de Walter Godefroot. Pero llegó el 27 de julio y un menudo escalador nacido junto al mar, en Cesenatico, cambió la historia bajo la lluvia y el frío de los Alpes: Marco Pantani.

Ullrich dominaba el Tour. Había tomado el liderato en la primera contrarreloj, ganando a Tyler Hamilton y a su gran rival, Bobby Julich, y pocos apostaban por Pantani, pese a que el flamante campeón del Giro de Italia había ganado en Plateau de Beille y distanciado a Ullrich en Luchon. Pero el tercer golpe del Pirata llegó, y esta vez fue de proporciones colosales.

La etapa, de 189 kilómetros entre Grenoble y Les Deux Alpes, se las traía: subidas a la Croix de Fer y al Galibier, por la durísima cara Norte, y el puerto final, más llevadero. Por la Croix de Fer no hubo movimientos reseñables, pero todo cambió bajo la tormenta del Galibier, una vez superada su primera parte, la del col du Télégraphe. Pantani demarró, con su estilo de agarrar la parte baja del manillar, y se fue a devorar los últimos cinco kilómetros del coloso alpino. Ullrich, con el Telekom desarticulado, empezó a sufrir bajo la tormenta, mientras el italiano pasaba como una moto a los supervivientes de una fuga.

Pantani coronó en solitario con casi tres minutos sobre Ullrich, pero viendo que faltaban más de sesenta kilómetros hasta Les Deux Alpes, decidió a esperar a Rodolfo Massi y a Marcos Serrano para economizar esfuerzos en el valle. Al llegar a Les Deux Alpes, volvió a volar cuesta arriba y entró en meta en solitario, cobrándose ventajas decisivas: casi seis minutos a Julich, cerca de nueve a Jan Ullrich…

Pantani se vistió de amarillo mientras el alemán entraba derrotado. Al día siguiente, Ullrich lanzó una ofensiva durísima en el col de la Madeleine, pero Pantani se soldó a su rueda. La derrota del alemán y la gloria del Pirata ya habían quedado escritas en el Galibier.

Tour de 2008: Carlos Sastre entra en la leyenda de Alpe d’Huez

Carlos Sastre
Carlos Sastre le metió más de 2 minutos a Frank Schleck en los 12 kilómetros de subida del Alpe D’Huez en el Tour de 2008, que acabó ganando (Celso Flores, Creative Commons)

La vida de Carlos Sastre como ciclista cambió el 23 de julio de 2008, cuando ganó el Tour de Francia de la manera más brillante y en el mejor de los escenarios: Alpe d’Huez. El abulense era un gran ciclista, había logrado varios podios en las grandes vueltas y era un habitual de los top 10. Pero nadie imaginaba que podía llegar a la cima, que podía ser el mejor en la mejor carrera, y menos que lo haría sin ser el jefe de filas de su equipo, el CSC.

Aquel día se disputaba la 17ª etapa del Tour, una travesía alpina de 210 kilómetros que salía de Enbrun, rumbo al coloso de las 21 curvas. Por la mañana todo eran dudas en el equipo de Sastre, que lideraba el Tour con Frank Schleck, pero tenía a todos los rivales acechando, incluido el abulense, séptimo a 49 segundos. El director, Bjarne Rijs, no se aclaraba con la estrategia a seguir, y al preguntar a Sastre escuchó: “Quiero ganar”.

Dicho y hecho: Carlos Sastre atacó en la base de Alpe d’Huez, a más de 12 kilómetros de la cima, tal y como había planeado. “Tenía claro que debía empezar a tope, sin esperar al final”, diría después. Y se marchó en solitario, sin mirar atrás y sin que pudiera aguantarle Denis Menchov, que trató de seguirle en vano. Por detrás, en el grupo de favoritos, sólo amagos y vigilancia, nadie se movía de forma decidida: ni los hermanos Schleck, ni Cadel Evans, ni Alejandro Valverde…

Carlos Sastre entró en la estación de esquí triunfador, redondeando una victoria incontestable, con 2:13 minutos de ventaja sobre Samuel Sánchez, que dio tiempo al grupo del maillot amarillo.

La preciada prenda acabó en sus manos: líder con 1:24 sobre Frank Schleck, y 1:34 sobre Cadel Evans, al que pudo contener en la contrarreloj final de Saint-Amand-Montrond para ganar el Tour de Francia por 58 segundos. Una hazaña que Carlos Sastre quiso dedicar a su cuñado, el malogrado Chava Jiménez: “Es un sueño que queríamos los dos, seguro que desde allí me ha ayudado”.

Compártelo
Escrito por
Jaime Fresno
Deja un comentario

El blog de Tuvalum